Nuestro origen no es accidental, ni finito, ni temporal. Venimos de una fuente sagrada —Divino—, que trasciende toda limitación —infinito— y existe más allá del ciclo del tiempo —eterno.
Nuestra esencia no está definida únicamente por el cuerpo, la personalidad o las circunstancias pasajeras. Somos, en lo más profundo, expresión de una realidad mayor, un soplo de lo eterno habitando lo temporal.
Recordarlo puede transformar la manera de vivir: si nuestro origen es divino, cada ser lleva una chispa de lo sagrado. Si es infinito, nuestra capacidad de amor, comprensión y creatividad no tiene fronteras reales. Si es eterno, la muerte no es un final, sino un retorno a la fuente sin fin.
En el ajetreo cotidiano, esta verdad parece lejana. Pero a veces, en un momento de silencio, de asombro ante la belleza, o de conexión profunda con otro ser, podemos vislumbrarla. Y ese destello basta para recordarnos que, aunque caminemos en el mundo de lo transitorio, llevamos dentro el eco de lo eterno