Recuerda algo profundo y sencillo a la vez: la vida no es una línea recta, sino un ciclo que gira entre la luz y la sombra.
A veces creemos que avanzar significa siempre estar entero, fuerte, radiante. Pero el crecimiento verdadero también habita en los días callados, en los pasos que no se oyen, en sostenernos cuando sentimos que todo cuesta.
No se trata de ignorar la oscuridad, sino de honrarla como parte del viaje. Celebrar lo pequeño —un respiro profundo, un momento de claridad, seguir aquí— ya es un acto de amor hacia lo que estamos siendo.
Al final, todo vuelve, todo cambia, todo se transforma. Y en cada vuelta del ciclo, somos diferentes: más suaves, más enteros, más humanos