No solo naces de un vientre, sino de una historia.
La placenta, ese primer árbol de la vida, nos recuerda que nuestras raíces están tejidas de relaciones, memorias y huellas que nos preceden.
Lo que llevamos dentro —miedos, patrones, heridas— tiende a repetirse afuera, como un eco inconsciente.
Pero sanar el origen no es solo mirar atrás: es desatar el nudo de lo heredado para comenzar a elegir lo propio.
Porque cuando cambia la raíz, cambia también el fruto.
Y lo que se sana adentro, al fin, se refleja afuera