Hay un brillo que no pide permiso,
que no nace del aplauso ni del eco.
Esa luz que llevas no es prestada,
no la enciende otro, no la apaga el tiempo.
Fuente que mana desde lo más hondo,
sol pequeño pero entero en tu centro.
Nadie puede tocar lo que ya es tuyo,
ni arrancar del alma su propio aliento.
Sigues, aunque a veces no lo sientas,
iluminando sin saber de sombras.
Eres, simplemente, porque siempre fuiste:
luz que no se pide, luz que se nombra