El mensaje de Osho aquí dibuja un círculo completo y liberador.
Primero, desmonta la idea de una "vida perfecta". No existe, y buscarla solo genera ansiedad. En su lugar, propone algo mucho más real y alcanzable: "existir tú, dando lo mejor de ti cada día". La perfección no es un estado final, sino la cualidad de la entrega en el presente.
Luego, revela el mecanismo de esa entrega: el amor. No como una moneda de cambio ("dame"), sino como un acto puro ("toma"). Nos advierte del único veneno que puede arruinarlo: la mirada de reojo para ver si nos lo devuelven. Esa expectativa secreta es lo que nos perturba y nos vacía.
La belleza final está en la paradoja: cuando das amor sin observar el resultado, sin contabilizarlo, el acto en sí se convierte en la recompensa. "Das porque es hermoso dar". Y en ese flujo libre y desinteresado, sin buscarlo, descubres que el amor que fluye de ti es el mismo que, de maneras inesperadas, llena tu vida. No porque lo hayas conseguido, sino porque te has convertido en su fuente