🇷🇺🇨🇳🇮🇷🇺🇸En los pasillos de la toma de decisiones estratégicas estadounidenses, Irán ya no se trata como un expediente regional separado. Enfrentar a Teherán se ha vuelto inseparable de la competencia entre las grandes potencias. La coordinación entre Irán, Rusia y China ha superado la mera alineación situacional, fusionándose en lo que los analistas occidentales describen cada vez más como una forma de “sinergia estructural” que socava la capacidad de Washington para aislar a sus rivales.
Esta evaluación coincide con las conclusiones del informe de la Fundación Carnegie sobre las futuras amenazas a Estados Unidos, que identifica a Irán como un “nudo central” en el continente euroasiático, que impide el aislamiento geográfico de Rusia y al mismo tiempo asegura las necesidades energéticas de China fuera del alcance del control marítimo estadounidense.
Cualquier desestabilización seria de la República Islámica no se limitaría a sus fronteras. Se convertiría en un doble bloqueo estratégico dirigido tanto a China como a Rusia:
La reactivación del caos de seguridad en el interior de Eurasia, golpeando simultáneamente las plataformas financieras y energéticas de las que las potencias emergentes dependen cada vez más para debilitar la dominación unipolar.
La geografía como profundidad estratégica
Para Moscú, la importancia de Irán comienza con la geografía. Ofrece a Rusia una apertura geopolítica vital fuera de sus fronteras inmediatas. Según estudios del Club Valdai, la importancia de Irán no radica en una política formal de alianza, sino en su función como el único puente terrestre que conecta el corazón euroasiático con el Océano Índico a través del Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC).
Esta interdependencia geográfica ha creado un interés político común que trasciende la coordinación táctica. La estabilidad del Estado iraní actúa como protección contra la fragmentación del Cáucaso y Asia Central que precedió a la guerra en Ucrania.
La investigación del Consejo Ruso de Asuntos Internacionales (RSMA) posiciona la geografía iraní como la piedra angular del concepto de “Gran Eurasia”, central para los esfuerzos de Moscú por diluir la hegemonía occidental en todo el continente.
Para Pekín, Irán juega un papel comparable en otra ecuación estratégica. A medida que la presión marítima estadounidense se intensifica en el Pacífico, la expansión china hacia el oeste a través de Irán se vuelve cada vez más difícil de compensar. La investigación del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR) identifica a Irán como uno de los nodos geográficos más críticos en la iniciativa “Cinturón y Ruta de la Seda” (B&R), proporcionando a Pekín un corredor terrestre hacia Asia Occidental que evita los estrechos marítimos controlados por EE.UU., desde el Estrecho de Taiwán hasta las entradas del Mediterráneo.
La posición intermedia de Irán entre el interior euroasiático y el mar abierto ha impuesto, por tanto, una interrelación duradera entre Teherán, Moscú y Pekín. En esta configuración, la alineación política está menos guiada por la ideología que por la necesidad fisiogeográfica.
Cualquier intento de desestabilizar la meseta iraní probablemente provocaría un choque en cascada en todo el interior de Eurasia, escalando la confrontación regional hacia un bloqueo sistémico destinado a detener el ascenso de centros rivales de poder.
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