La hoja de ruta preliminar sentenciaba, sin dudas, que Talleres debía ser el campeón aquella tórrida noche de enero, en una provincia que estaba bajo el puño y el comando del general Luciano Benjamín Menéndez (quien vio al partido desde el palco de honor y visitó previamente el vestuario del árbitro), condenado años después, en democracia, a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad.
En la previa, la consagración casi anunciada de Talleres iba a expresar para los viejos y nuevos exégetas de la dictadura el triunfo del fútbol del interior como el paradigma de una celebración muy esperada que alimentara el músculo político de una organización criminal. El presidente del equipo cordobés, el empresario Amadeo Nuccetelli, recibiría en el caso que ese acontecimiento se produjera un formidable golpe de efecto para ser elegido el 6 de abril de 1979 como titular de AFA. No ocurrió. Fue Julio Humberto Grondona, presidente de Independiente por aquellos días cuando tenía 42 años, el que finalmente asumió en AFA, sugerido por el vicealmirante Carlos Alberto Lacoste, de fuerte vinculación con el número uno de FIFA, el brasileño Joao Havelange, otro defensor del golpe de Estado en Brasil de1964 al presidente constitucional Joao Goulart.
Lo que faltaba para cumplir con los deseos de la cúpula militar, subordinada por completo al poder económico y financiero nacional e internacional, era la victoria de Talleres en el estadio ubicado en el Barrio Jardín, luego del primer encuentro que finalizó 1-1 (el gol de visitante se computaría doble en caso de igualdad) en Avellaneda el sábado 21 de enero.
El árbitro Roberto Osvaldo Barreiro (quien se retiró luego de dirigir tres partidos más) fue designado para dirigir el encuentro que lo reveló en una versión bochornosa, favoreciendo en todos los fallos cruciales a Talleres, hasta constituirlo en un protagonista central y decisivo de aquella jornada inolvidable. Tan inolvidable que sigue muy presente en el imaginario colectivo, incluso de hinchas que no tienen la camiseta Roja pegada en la piel.
A 48 años de esa noche épica (seguramente la conquista más épica de un equipo del fútbol argentino considerando el contexto histórico y las circunstancias) cuando Independiente salió campeón resistiendo la lógica implacable de ese tiempo, los avatares del partido pueden quedar sujetos a la desmemoria.
Repasemos: el Beto Outes a los 29 minutos del primer tiempo anota el primer gol de Independiente con un gran cabezazo después de una habilitación de Trossero, también de cabeza. En la segunda etapa, Barreiro sanciona un penal muy polémico para Talleres por una mano de Pagnanini involuntaria que Cherini transforma en el 1-1. Lo sugestivo del gol de Cherini es que no lo gritó ni lo festejó con sus compañeros. Pocos minutos más tarde, a los 25, Bocanelli va a buscar un centro al palo más lejano de Rigante y mete un puñetazo para clavar el segundo, que desata el desastre. De inmediato, a raíz de los reclamos, se producen tres expulsiones por protestar: Enzo Trossero, Rubén Galván y Omar Larrosa. Los dos primeros recibieron 20 partidos de suspensión y Larrosa 15.
El sospechadísimo juez Barreiro había incendiado el partido. Y se había incendiado él a perpetuidad. Casi la totalidad de los jugadores de Independiente que quedaban en el campo luego de un impasse muy prolongado (Rigante, Pagnanini, Villaverde, Osvaldo Pérez, Britez, Outes, Bochini, Magallanes), querían irse de la cancha. Fue el Pato Pastoriza, entrenador del Rojo, junto con el Beto Outes y Julio Grondona (alambrado de por medio), quienes desalentaron esa postura atada a la bronca y la resignación. Y todavía suelen invocarse algunas palabras del Pato que ya forman parte de los mitos y leyendas del fútbol de todos los tiempos: “Nos quedamos a jugar, vuelvan a la cancha, nosotros somos hombres, morimos peleando, jueguen y ganen”.